jueves, 26 de marzo de 2009

Las mamás, ese enorme fraude


Un buen día, va un incauto y se casa. Sí, esto no es ciencia ficción, puedo jurar que se hace más habitualmente de lo que podríais pensar. Bueno, el caso es que en un altísimo porcentaje, resulta que la mujer con la que se ha casado (sí, a joderse, este post va en plan tradicional; aquí los tíos se casan con las tías), al cabo de un tiempo prudencial, ¡se queda embarazada y tiene un crío!

Bien, pues si, con el crío en la mano, nos retrotraemos (pedazo palabra ¿que no?) al momento de la boda, cuando marido y mujer se prometen amor eterno, absoluto y que cada uno será lo primero para el otro, nos encontramos con que el bebé viene a trastocarlo todo.

Bueno, todo no, sólo todo en lo que a la mujer se refiere. Porque desde el mismo momento en que las mujeres tienen un hijo, éste, por virtud de las leyes evolutivas y de supervivencia de la especie, ¡se convierte en lo primero y más absoluto de sus vidas! ¡casi en lo único!
Tu mujer te ha timado, idiota, ya no eres tú el primer objeto de su amor y sus cuidados. Ella sí sigue siendo el tuyo, pero tú ya no eres correspondido porque una especie de albóndiga llorona ha venido a suplantarte.
Pero además, por si fuera poco, esos 4 kilos de lechal que se han metido en tu vida, resulta que han robado el 70% de la inteligencia y atractivo de tu mujer.

Lo de la inteligencia está fuera de toda duda y no pienso discutirlo ni un minuto: un ser que empieza a pensar, a vivir, a sentir, a proyectar... absolutamente todo en función de otro (el bicho cagón ese), ¡tiene que haberse vuelto retrasado por fuerza!

Lo del atractivo es evidente; la falta de interés, de roce y de trato preferencial hacia el hombre ¿qué otra cosa puede provocar sino un gradual desapego por parte de él hacia su traicionera compañera?

No quiero relacionar nada de esto con las infidelidades, ni mucho menos, pero estoy seguro de que si se hace una encuesta sobre el porcentaje de maridos con hijos infieles y maridos sin hijos infieles, nos llevaríamos más de una sorpresa.

Lo más curioso es que el afán de las madres por vivir las vidas de los que tienen alrededor y no las suyas propias, por meterse en todo, por no dejar en paz a nadie, por acaparar toda forma de vida que las rodea, no se acaba con la infancia del mocoso, sino que perdura hasta la pubertad, aunque el fruto de sus desvelos acabe siempre poniendo a la engreída maternidad en su sitio: Puedo vivir solo, ya sé yo lo que tengo que hacer, no eres imprescindible mamá y, de hecho, empiezo a no necesitarte para nada. ¿A que os suena?

Pero no sirve de nada, y aquí se ve de nuevo la falta de inteligencia y la incapacidad para la reacción y para adaptarse al medio: no lo reconocen, no aceptan que su prole ya no es suya y no las necesita; las mujeres, en cuanto son madres ¡se mueren siendo madres!

Y ¿qué fue del hombre mientras tanto? Pues una de cuatro*:

1 - Vivirá su desgracia resignado, incrédulo y evitará la implicación.
2 - Vivirá con la inocente felicidad de los tontos que no se enteran de nada.
3 - Se adaptará y aprenderá a amar a la prole sólo porque es lo más importante para la mujer que ama (calzonazos).
4 - Se largará con viento fresco, abominando de la enorme estafa de la que fue objeto, y en busca de la libertad y la autonomía perdidas.

Qué tristeza, a lo que nos abocan.


* 5 - La quinta es... que volverá a casa de su madre.

6 comentarios:

traviesus minimus dijo...

madre no hay más que un, y a ti te encontré en la calle....viejo proverbio chino

ana dijo...

pues sí, tal cual
ya lo decía yo...
http://chiscos.wordpress.com/2008/11/12/madres-problema/
y me llamaban rarita, leerte me ha reconfortado al pensar que no estoy sola en el universo
:D
un beso

Sergio dijo...

Tienes un don para argumentar sobre lo que quieras, aunque sea la mayor barrabasada del mundo. Es digno de elogio, de verdad. En este caso construyes un discurso perfecto en su forma, pero que parte de una idea de hombre absolutamente egoísta y de un concepto de mujer excesivamente primitiva. La paternidad no es ninguna tragedia. Creo que un hombre que ama de verdad a su mujer, es amado por ella y quiere formar con ella una familia no vive este problema, y amará a su hijo igual que lo hace la madre, y a través de ese amor reforzarán el suyo propio. El problema es que se le llama amor a demasiadas cosas. Casos similares a los que describes existen, pero la tragedia no surge con la paternidad, sino que viene de atrás, antes incluso del matrimonio: no hay amor, sino otra cosa. Y, por supuesto, existen muchos buenos padres y muchas buenas madres.

Gladius dijo...

Sergio, tu comentario sólo tiene una respuesta:

¡PUÑETAS!

Icegarey dijo...

"El problema es que se le llama amor a demasiadas cosas".

Por eso los marineros se tatuan lo de "Amor de Madre", Para diferenciarlo del otro... ¿No?

http://farm1.static.flickr.com/48/192603912_0214c6d667.jpg

Herodes dijo...

También están los que son maridos y tienen que hacer de niño para que no les suplanten. Es que la competencia es muy dura.

Que alguien traiga un niño de 5 años para comprenderlo.