jueves, 15 de enero de 2009

Números rojos


Ese es el secreto del hedonismo, del delicioso ver pasar los días de tu vida pendulando del placer a la felicidad: Los números rojos. No ahorrar nada. Llegar a fin de mes debiéndole algo al banco. Habiéndotelo pulido todo. Hay una verdad absoluta con el dinero: sólo, sólo sirve para gastárselo. Para nada más.
Esta, es una de las venganzas más sutiles que puede haber contra el sistema bancario. No dejarles disfrutar la liquidez, que sepan que, nómina que les entra, nómina que vuela el día 25 (un poco antes de los 30 para poder endosarles un –XXX € el día del cobro). Porque, por supuesto, jamás, jamás, hay que comprar nada a plazos, sino al contado. Y si me apuras, en metálico. Se trata de reducir el papel de los bancos a la mínima expresión, que lo tienen más que merecido después de cómo han demostrado que saben administrar nuestros dineros.
Que conste que no estoy hablando sólo para los que no tenemos hipotecas, no debemos un coche y 4 ó 5 electrodomésticos, que no tenemos hijos... Va para todos, porque los que tienen todo eso, deberían ir viendo la manera de deshacerse de ello y probar a ser felices por lo menos en esta vida. No se puede cometer el error de acaparar para los hijos si se tienen; hace falta ser proteccionista, conservador y paralítico mental para pensar que lo que tú has conseguido por tus propios medios tienen que disfrutarlo otros y que ellos lo van a necesitar porque no saben salir adelante solos. Qué lamentable falta de confianza en las posibilidades de tus hijos. ¡Vergonzoso!
El resumen es que no hay que tener nada a futuro, hay que exprimir el presente y no guardarte nada. Que cuando llegues a fin de mes y veas que te queda algo en la cuenta, pienses: “Algo he hecho mal este mes, ¿qué me he perdido, adónde he dejado de ir, de qué me he privado...?” y sobre todo, ¡que aprendas para el próximo mes!
Porque hay que contar con que, todo lo que sea dejarse pasta, casi siempre implica una socialización bastante intensa, con todo lo que conlleva de relaciones, mayor conocimiento y muchas más oportunidades vitales que simplemente dedicarse a ahorrar: Es mucho más rentable.
Y por si fuera poco, al hacer eso serás uno de los pocos que, con todo desinterés, van a contribuir más activamente a la salida de la crisis: consumismo es igual a productos en movimiento, fábricas produciendo, gente trabajando y riqueza para todos. O sea que te das la gran vida y encima estás siendo ciudadano modelo, vamos, lo que viene siendo un auténtico filántropo, todo un mecenas. Esta es una de esas ocasiones en las que el provecho personal es el camino hacia el bien común.
Mira por donde, el secreto de una vida deliciosa y solidaria al final se va a mover entre el capitalismo y el liberalismo puros y duros.

lunes, 12 de enero de 2009

Otra guerra justa


La cosa es así de cachonda: Yo soy ciudadano de Gaza, estoy en tregua con Israel y cuando las cosas empiezan a avanzar poco a poco hacia una posible paz, voto en las elecciones a un grupo terrorista y gana. El nuevo gobierno de Gaza, se dedica a mandar misiles contra población civil israelí durante una tregua oficial. Cuando la tregua termina, el gobierno que he elegido afirma que no la renovará, que está en guerra con Israel, y multiplica el lanzamiento de misiles contra población civil.
Además, mi gobierno hace un llamamiento mundial a todos los países musulmanes para que declaren una nueva guerra global contra Israel y la aniquilen.
Entonces, Israel empieza a bombardear todo tipo de centros oficiales de Gaza para acabar con el gobierno terrorista que le ha declarado la guerra y que está matando ciudadanos israelíes indiscriminadamente.
El gobierno musulmán de Palestina, de otro partido distinto a mi grupo terrorista, afirma que la culpa de la nueva guerra es del gobierno de Gaza, pero yo, ciudadano de Gaza, protesto contra la agresión de Israel, no contra mi gobierno.
Entonces, mi gobierno terrorista, que sabe de qué va el paño de la inframental opinión pública occidental, decide utilizar centros civiles (hoteles, escuelas, edificios de viviendas...) para lanzar sus ataques contra la población civil de Israel y para esconder material bélico, miembros del grupo terrorista y demás.
En consecuencia, Israel bombardea esos lugares (convertidos ahora en objetivos militares) para acabar con los lanzamientos de misiles y con los terroristas.
Como el gobierno de Gaza no ha desalojado a ningún civil de esos lugares porque busca escudos humanos y los mártires le encantan, empiezan a morir niños y civiles por culpa de las bombas.
Yo, ciudadano de Gaza, vuelvo a clamar contra Israel y a jurar matar a todo judío que se me ponga a tiro. Y llevo a mi hijo a la manifa con un cinturón de explosivos simulado gritando lo mismo. Pero no digo una palabra contra el gobierno terrorista de Gaza, por supuesto.
Entonces la comunidad internacional se reúne y pide una nueva tregua. Mi gobierno terrorista la rechaza de plano a pesar de los civiles muertos y de no tener esperanza alguna de ganar la guerra. Sigue a misilazo limpio contra población civil e Israel, en consecuencia, dice que ella tampoco detendrá la guerra hasta que no consiga parar el lanzamiento de misiles.
Entonces en muchas ciudades occidentales los musulmanes allí residentes se movilizan y convocan manifestaciones contra Israel para que pare la guerra, usando la palabra genocidio (sin haberla buscado antes en el diccionario) y enseñando las imágenes de los escudos humanos de Hamás muertos. Por supuesto, ni una palabra en contra del gobierno terrorista de Gaza. Asisten multitud de ciudadanos occidentales en su apoyo, todos muy bien informados, claro.
En Israel, tanto los partidos de izquierda como los de derecha, incluso los pacifistas, están de acuerdo con la guerra, e Israel no se deja intimidar por la presión pública mundial y la continúa.
Yo, ciudadano de Gaza, veo como Hamás se instala al lado de mi vivienda, mi hijo juega entre los terroristas y muere en el siguiente bombardeo. Me indigno, me desespero y juro odio eterno a Israel. No protesto contra mi gobierno terrorista. Eso no.
Yo, ciudadano de Gaza, no soy capaz de ver que soy un auténtico incoherente e hipócrita hijo de puta asesino de mi hijo, ni que cualquier guerra que contribuya a borrarme de la faz de la tierra, será una guerra justa.
Mi hijo puede que tenga 40 huríes para que terminen de amamantarlo, sí, pero yo me pudriré en el infierno de Alá en parrilla preferente. Debería hacerme a la idea antes de morir bajo la siguiente bomba.

PD: Ya me jode ponerme en plan político, pero es difícil soportar tanta imbecilidad como estoy aguantando estos días.

miércoles, 7 de enero de 2009

Quemar un libro


Estoy emocionado, por fin voy a entrar por derecho propio en el selecto grupo de los quemalibros. A pesar de que a lo largo de la historia han gozado de épocas de auge y reconocimiento, de un tiempo a esta parte sufren un descrédito y mala prensa absolutamente injusta. Como si no fuera más que necesario de vez en cuando arrojar algunos libros al fuego purificador. Esos que si no nos robarían el tiempo necesario para leer otros que sí valen la pena.
¿Y qué libro voy a quemar? Pues el que acabo de empezar: “Crimen y Castigo”, de Fiodor Dostoievski.
No, no tengo nada contra uno de los grandes de la literatura universal, ni contra un libro del que aún no he leído ni el segundo capítulo. Es contra la puta traductora contra la que tengo de todo. Como un estúpido, compré el libro sin fijarme en la traducción, y resulta que es de 1996, de una tipa a la que en la tercera página se le ocurre poner en boca de un estudiante ruso del S. XIX “del tiempo de Maricastaña”. Pero no sólo eso, es que la muy bastarda en la introducción te cuenta casi todo el libro, y a lo largo de los capítulos va haciendo llamadas a pie de página en las que, para explicar un término o un lugar, la muy imbécil alude a cosas del libro que aún están por leer, con lo que te lo va destripando poco a poco.
¡Quiero leer una novela traducida, no una novela convertida en un maldito ensayo! ¿Es tan difícil traducir un libro tal cual lo escribió el autor?
Bueno, que una puta mierda de libro que va a acabar en la hoguera, lo juro. Y me compraré una traducción anterior a 1.900 como mínimo, que era cuando sí sabían como traducir un libro del S. XIX.
Y no, no me entra mala conciencia, hace tiempo que pienso que en realidad las tres cosas que hay que hacer en la vida son matar un árbol, repudiar un hijo y quemar un libro.
La primera ya la he hecho, con la tercera estoy en ello, y la segunda... todo se andará.

martes, 6 de enero de 2009

Las bodas son de nenas...


Esta premisa no es discutible. Punto. No sé lo que dirán los antropólogos, los sociólogos, los historiadores... pero cualquier tesis que se aleje de que el matrimonio occidental y la boda (en cualquiera de sus modalidades) es un invento femenino, es un monumento a la inconsciencia.
Para llegar a esta conclusión sólo hay que plantearse alguna que otra cuestión constructiva:
¿Cómo sería el matrimonio si lo hubiesen diseñado los hombres?
Está claro que no sería monógamo, tampoco tendría vocación de eternidad, es más; estoy completamente seguro de que ni siquiera existiría, que jamás se habría sentido la necesidad de formalizar una relación más allá de la relación misma... El que diga lo contrario, miente como un bellaco.
Segunda: si la ceremonia de la boda hubiese sido diseñada por y para hombres, ¿sería como hoy la conocemos?
No, seamos sinceros, ¿a qué tío le importan lo más mínimo las flores, su colocación, su color, su clase, el traje de ella, el propio, las fotos, la iluminación, el coro y lo que ladre, el siempre lamentable vídeo, la cursilada de los entrantes, las ridículas invitaciones, la tontería de los anillos, los discursitos, brindis...? Todo, absolutamente todo, gira en torno a ellas y son ellas las que lo hacen girar para marearte como a un crío. ¡Si aparecen vestidas de reinas, de emperatrices... de diosas! Como si lo fueran.
Cualquier hombre casado o a punto de ello puede intentar justificarse saliendo por donde quiera o buscar el refugio que desee para su pisoteado orgullo con argumentos de todo tipo, pero una boda, toda boda, no es más que un engaño, una claudicación, y una rendición incondicional y sin remisión. Es un chantaje vital, el más sofisticado, elaborado y exitoso jamás diseñado en la historia: ¡consiguen que vayamos voluntarios y que hasta lo pidamos!
Pero alguien puede pensar que a fin de cuentas eso es un trago que pasa y ya está. Nada más lejos de la realidad. En el matrimonio ya se entra, gracias al hecho en sí y a las humillaciones sucesivas de la ceremonia, en modo de sumisión, con el orgullo pisoteado y la personalidad supeditada. Y sino, ¿quién conoce una casa que no haya decorado ella? ¿quién conoce una en la que no sea ella quién marque horarios, usos y costumbres? ¿qué tío de este planeta manda en su casa?
Tomad nota, novios, porque eso es así ¡para toda la vida!
Idiotas, nenazas...

PD: Como me dijo una vez mi amigo Asier: “A ver si te crees que la palabra enredadera es de género femenino por casualidad”.

martes, 30 de diciembre de 2008

¿Amores? Platónicos


Son los que nunca mueren, a los que nunca fallas, los que renacen cuando quieras, los que alimentan tu orgullo, los que se alimentan de nada, los que no piden, los que no dan, con los que puedes ser quien quieras ser, los compatibles con tu vida, los que te rescatan de la realidad, los que acrecientan tu ego, los que no pueden salir mal... en los que pienso caer hasta el fin de mis días.
No es resentimiento, es supervivencia.
Mi próximo amor:

[...]
En lo que se refiere a vuestra merced y a mí, han pasado mucho tiempo y muchas cosas desde nuestro último encuentro, del que recuerdo cada momento y cada detalle como espero lo recordaréis vos. He crecido por dentro y por fuera, y deseo contrastar de cerca tales cambios; así que confío sobremanera en encontraros cara a cara en día no lejano, cuando este tiempo de inconvenientes, viajes y distancias solo sea memoria.
Aunque ya me conocéis: sé esperar. Mientras tanto, si aún albergáis hacia mí los sentimientos que os conocí, exijo una carta inmediata de vuestro puño y letra asegurándome que el tiempo, la distancia y las mujeres de Italia o Levante no os han borrado la huella de mis manos, mis labios y mi puñal. De lo contrario, maldito seáis, porque os desearé los peores males del mundo, cadenas en Argel, remo de galeote y empalamientos turcos incluidos. Pero si permanecéis fiel a la que se alegra de no haberos matado todavía, juro recompensaros con tormentos y felicidad que no imagináis siquiera.

Como podéis ver, creo que aún os amo. Pero no tengáis certeza de eso, ni de nada. Sólo podréis comprobarlo cuando estemos de nuevo cara a cara, mirándonos a los ojos. Hasta entonces, manteneos vivo y sin mutilaciones enojosas. Tengo interesantes planes para vos.

Buena suerte, soldado. Y cuando asaltéis la próxima galera turca, gritad mi nombre. Me gusta sentirme en la boca de un hombre valiente.

Vuestra

Angélica de Alquézar


- Fragmento de la carta publicada en el capítulo VII. Ver Nápoles y morir, de la primera edición de Corsarios de Levante, sexto título de Las Aventuras del Capitán Alatriste. Arturo Pérez Reverte, gracias.

martes, 2 de diciembre de 2008

El insulto: frecuencia y efectividad


El ser humano (sobre todo la subespecie carpetovetónica) utiliza las variantes ofensivas del lenguaje con mucha frecuencia, y es por ello que los insultos de siempre van perdiendo su, antaño incuestionable, esplendorosa sonoridad, efectividad, fuerza, intensidad, sentido...
Realmente, estamos matando la puta gallina de los jodidos huevos de oro.
Pero sin embargo, es de justicia reconocer que es complicado, difícil y doloroso contenerlos, y frenar la lengua cuando está a punto de soltarse sin ataduras en una salvaje libertad aniquiladora del estrés y los malos humores.
Cuanto más, cuando estamos rodeados de la mierda de congéneres que tenemos, en una sociedad que reprime los instintos violentos y en un sistema que tiene demonizada la legítima defensa del exterminio de los incapaces.
Así pues, siendo el insulto frecuente algo tan beneficioso, necesario y urgente de mantener, voy a dar un par de recetas para poder seguir insultando con tanta o más periodicidad y, a la vez, rehabilitarlos para evitar esa pérdida de efectividad.
Una es sobradamente conocida: recuperar los viejos insultos del colegio, los de niño, esos que suenan ñoños pero que con la entonación adecuada y escupidos seriamente por un adulto de quien no se esperan, de repente, vuelven a cobrar todo su sentido ofensor: Payaso (de lo peor que se le puede llamar a cualquiera, comprobado), feo, tonto, baboso... Además, pasan a ser mucho más creíbles gracias a su capacidad descriptiva. O sea que hacen más daño, vaya.
La otra ya es más sofisticada. Se trata de cambiar la formulación del insulto pero manteniendo intacto su significado. Es decir, que en vez de “me cago en tu puta madre”, que ya suena casi a fórmula de documento oficial, soltar “me voy a cagar en tu madre, esa pedazo de puta”. Se consigue así un efecto enfático que, claramente, revitaliza el concepto y provoca un raciocinio del mismo en el receptor que redunda en un mayor dolor moral.
Así, manteniendo una rotación adecuada en cuanto a la variedad de los insultos y reestructurando mínimamente su formato, podemos conseguir darles un uso continuo e intensivo si es necesario, sin que con ello tengamos que lamentar la pérdida de efectividad correspondiente.
Aún podemos salvarlos, pero hay que tomárselo en serio, ¿estamos?

viernes, 28 de noviembre de 2008

Un juego nada más...


Recuerdo un día en Segovia, una tarde en la que quedamos más de 25 compañeros de la universidad para beber, nada más. Quedamos en un bar de mesas desvencijadas donde servían lo que tienen que servir: jarras de cerveza, sangría y calimocho. Lo suyo era jugar a algo para pasar un par de horas divertidas con la excusa de bebérnoslo todo, todo. Pero lo complicado era esto: éramos demasiados para los clásicos juegos de dados, pruebas, duro y demás, y tampoco queríamos dividirnos. En esas estábamos, sin saber cómo echarnos la cerveza al coleto, cuando uno propuso un buen juego: La clásica serie de palabras. O sea, que uno suelta un criterio (por ejemplo, capitales de África) y todo el mundo por orden debía decir una palabra de la serie (El Cairo, Túnez...). El que repetía o fallaba, bebía (o sea, que inventó el 1, 2, 3 para beber). Algo tan sencillo y poco atractivo, sin embargo, se animó cuando alguien soltó una categoría subjetiva: Países que no deberían existir.
Evidentemente, bebía todo aquel que a él le daba la gana: él era el único que decidía cuales debían existir y cuales no, sin tener que razonar ni justificar sus decisiones.
Bueno, pues aparte de compartir el secreto para que 25 personas se cepillen 100 litros de alcohol en menos de una hora, es que el juego en sí es divertido. Primero porque una de cada 25 veces, cuando te llega el turno, la sensación de ejercer una autoridad absoluta, incuestionable e incontestable durante toda una ronda es algo sublime. Pero segundo, porque la controversia y oposición estériles que provocaban las decisiones impopulares no servían para nada de nada y la impunidad del poder es algo todavía mejor. Ni siquiera saber que más tarde todos y cada uno de los jugadores se podían ir vengando de ti, te acobardaba lo más mínimo: que te quiten lo bailado.
Claramente, ser dictador una vez y esclavo 24, no sé porqué pero compensaba. Y mucho. La pregunta es si cuando no se trata de un juego sigue compensando.
Bueno, mientras lo resuelvo, aprovecho para recomendar una peli que no he visto sobre otro hecho real más efectivo que mi anécdota, aunque más aburrido: El de la imagen es el cartel. No se la pierdan cuando la estrenen.

PD: Por cierto, el primer país que no debería haber existido jamás es Inglaterra. Porque lo digo yo.

martes, 25 de noviembre de 2008

Corrupción en primera persona


Facilito una receta para tener una idea aproximada de la verdadera dimensión de la corrupción y la inmoralidad que reina (en todos los sentidos que queráis) en este país.
En cualquier situación o conversación, hagan la prueba. Pregunten quien puede decir que conoce con relativa seguridad, una sola administración pública, local, provincial, autonómica, nacional o internacional, que no esté salpicada por algún caso de corrupción.
Siempre que sale el tema, la conversación acaba siendo una especie de pique entre los casos que cada uno saca sobre su pueblo, sobre el lugar en el que veranea, sobre su ciudad de origen, sobre la capital... Jamás, jamás, jamás, se consigue que alguien se quede callado y no pueda aportar algún ejemplo ilustrativo.
El problema es que a nivel individual, todos los españolitos se creen que el caso que ellos conocen es el más terrible del país y que semejante nivel de desfachatez no puede existir en otro sitio. ¡Y ese es el error! No sólo existe en otros sitios, sino que es así de fácil ver que es la tónica general en todos lados.
Y aquí está el quid de la cuestión: Si todo el mundo en este país conoce, casi de primera mano, casos escandalosos de corrupción, al escalar el sistema veremos cristalino el verdadero mapa de España.
Pero no todo acaba ahí. Ahora trasladen la misma cuestión al mundo de los organismos oficiales. Y después de eso, vuelvan a replantearse el caso con el sector privado y a todos los niveles (laboral, económico...).
Y si aún les quedan ganas de vértigo, ahora piensen que por supuesto sólo se conoce la punta del iceberg.
Miedo, es lo que da.

lunes, 24 de noviembre de 2008

La hora punta


Un triste día del mes pasado tuve que levantarme a eso de las 8 de la mañana para ir a trabajar. Normalmente me levanto a las 9 para llegar tranquilamente a unas civilizadas 10 de la mañana (margen de error: más 15/30 minutos, nunca menos).
Total, que a las 8 y media de la mañana salgo a esas calles de Dios y ¡no puede ser! Millones de gentes por todos lados, centenas de atascos en todos los cruces, miles de personas metidas en lentísimos autobuses, toneladas de apretujones en atestados metros... Las calles se convierten a esas horas en una inmensa red de cloacas infectas que canalizan lo peor de los seres humanos: estrés, sudores, esfuerzos, depresiones, odios, prisas, malos humos, mal café, mala leche... ¡Qué asco!
¿Quién dijo que el proletariado ya no existe? ¡Todos esos son proletarios! Toda esa gente que tiene que sufrir esas condiciones a diario para ir a trabajar, y ellos sí que merecen una revolución mundial.
Pero todo el mundo parece estar ya metido en la burbuja y no son capaces de ver que son la hez del mundo laboral. Todos los directivos, millonarios, prebostes y demás que se tragan todos los días la hora punta, de la manera que sea, no son más que pobres proletarios, tristes oprimidos y lamentables víctimas de un sistema inhumano, y ¡ni siquiera lo saben! ¿En qué momento absurdo de la historia la gente empezó a valorar estupideces como el tamaño del despacho, la cantidad de dinero que les sobra o la asunción de responsabilidades? ¿a qué edad las personas abandonan la cordura de sus valores infantiles por la demencia de la madurez?
Porque de los que ni siquiera ganan una pasta o mandan en sus trabajos, de esos me da miedo hasta hablar; son el cuarto mundo como mínimo, son la vanguardia de la indigencia intelectual, filosófica y vital más increíble de la historia. ¡Esto es clasismo bien entendido!
Creo que mis prioridades han cambiado desde que ese día tomé contacto con esa asquerosa realidad: ya no me importa el dinero, no me importa ascender, no me importa el trabajo en sí... sólo quiero trabajar en el centro de la ciudad (a un agradable paseo de donde vivo) y, sobre todo, tener un horario que me permita no soportar la hora punta jamás en mi vida.
Quiero volver a querer ser vaquero, por ejemplo...

martes, 18 de noviembre de 2008

Una deliciosa mañana de otoño…


En la que el aire fresco invita a prestarle la cara, el límpido azul del cielo cobija con optimismo cualquier ánimo y el brillo del sol va despertando todos los recovecos de la calle.
Cuando cruzo la última calle, la verja del Retiro se me antoja la deliciosa frontera entre una ciudad ya agitada por la hora punta, y un refugio de verdor con una banda sonora en la que sí tiene protagonismo el crujir de mis zapatos sobre la tierra. Paso a paso las hojas caídas tachonan el camino con las huellas de la estación, aunque los castaños aún conservan algunas temblorosas y tostadas.
Al adentrarse por los caminos, surge alguna que otra torcaz, siempre varias urracas, los omnipresentes gorriones y se intuyen los mirlos alborotando la hojarasca entre los setos. El agua de las fuentes pone su tono cristalino y la poca gente que se ve camina en silencio y sola perdiéndose por derroteros diversos o corretea afanosamente sin que se sepa muy bien porqué.
De repente, pasa un camioncito de los jardineros, traqueteando herramientas y ramas. Luego otro. Entre ambos, han levantado una nube de polvo que me hace fijarme en la tierra polvorienta y blancuzca que algún descerebrado ha mandado extender por casi todos los caminos del parque. Cuando el polvo empieza a disiparse, aparecen dos jardineros montados en dos tractores cortacésped apurando las marchas, que dejo de oír en cuanto otros tres operarios con auriculares arrancan sus mangueras-ventilador a gasolina para barrer las hojas soplándolas. El ruido es como de obra, y la polvareda que levantan soplando toda esa tierra blanca es increíble. Los que corretean dan rodeos para alejarse lo más posible. En el macizo de enfrente, otros tres empleados del infierno están, uno con un cortasetos mecánico, hermano pequeño de la motosierra, otro con un cortacésped manual que acelera como un demonio y el tercero con un triturador de maleza intentando hacer más ruido que sus compañeros. Ahora comprendo porqué se tortura el Ángel Caído.
Antes de conseguir salir del Retiro se me cruzan otro camioncito, dos carritos de golf con jardineros montados, un cortacésped más y un par de coches de policía.
Esto es el Retiro una mañana cualquiera: una zona de obras.

miércoles, 29 de octubre de 2008

El Efecto Manolete


Gran concepto acuñado por mi querido amigo Bittor que consiste básicamente en que “si no sabes/quieres torear, pa qué te metes”.
Bueno, el caso es que él le ha puesto nombre a un tipo de incoherencia casi consagrada ya como norma de conducta en estos tiempos que corren.
Por ejemplo, el caso es que desde hace un tiempo algunas asociaciones de guardias civiles están luchando y protestando para dejar de ser Instituto Armado, pasar a ser civiles, convertirse en policías y recuperar derechos como la huelga, manifestación, asociación, etc, que ahora no disfrutan por su condición militar.
Y aquí viene la pregunta de Bittor: Si ya lo sabíais, imbéciles, ¿para qué cojones, entonces, os hacéis Guardia Civil, panda de gilipollas? ¿Porqué no se hicieron policías, los muy retrasados? ¿Y todos los que se quedaron sin plaza porque ellos se empeñaron en ocupar una que luego no quieren aceptar? ¿por qué no los denuncian y exigen su expulsión del cuerpo y que se saquen a concurso nuevamente esas plazas? Y sobre todo, si ya tenemos policía y ellos pasan a ser lo mismo ¿para qué diablos los queremos? Aquellos compañeros a los que les quede algo de vocación tenían que hacerlos correr delante de las porras en una de esas manifestaciones…
Pero hay más ejemplos del Efecto Manolete por todos lados:
Los vecinos de Barajas están peleando y protestando y montando pollos desde hace años para pedir el cierre nocturno del aeropuerto o su traslado al cercano Campo Real. Y la historia es la misma: Entonces ¿por qué cojones se compraron una casa en Barajas? ¿es que no había más pueblos en Madrid para vivir? y ¿cómo pueden ser tan cabrones de desearles el mal que ellos buscaron a los vecinos de Campo Real? ¿es que en ese pueblo son más gilipollas que en Barajas y se tienen que comer el aeropuerto porque sí?
Y así a bote pronto (me flipa esa expresión, no sé porqué) se me ocurre uno a mí solito: Todos los rescates financieros de grandes empresas quebradas, los fondos de ayuda a la banca en USA y Europa, etc. ¿Por qué todos tenemos que pagar el pato de los ineptos que han llevado a la quiebra sus empresas? ¿cómo se atreven todos esos banqueros capullos a exigir la caridad de todos los habitantes del país para salvarles el culo? ¿quién coño se creen para no dimitir cuanto antes y rendir cuentas ante sus accionistas? ¿por qué sus accionistas lloriquean mendigando los rescates y no cargan contra los consejos de administración para exigir responsabilidades y mandarlos de cabeza a la cárcel? ¿es que alguien obligó a accionistas, clientes y directivos a meter su dinero en esos sitios? No, claro que no. Entonces ¿por qué todos los demás tenemos que sacarlos del hoyo?
Reivindico el Darwinismo (teoría tan consagrada por lo visto) para solucionar todo esto: La supervivencia de las empresas y bancos más fuertes. Los que se tengan que ir a la mierda ¡que se vayan!
Más coherencia y menos Manoletes.

martes, 28 de octubre de 2008

Apuesta por McCain


Sólo queda una semana, Obama arrasa en todas las encuestas, en todos los debates, en todas las tertulias periodísticas, entre la opinión pública mundial, en todas las barras de bar, entre los actores, intelectualoides y demás cantantes y, por último, en todas las redacciones periodísticas españolas.
Bueno, pues me voy a mojar contra todos los pronósticos: va a arrasar McCain. No va a ganar simplemente, sino que va a arrasar. Mínimo por más de un 5%.
Esto es muy sencillo y quizás, como siempre en estas cosas, sobran datos y falta sentido común entre tanto analista barato: ¿Crisis y aventuras políticas? Venga ya. La gente es conservadora en los malos momentos y un altísimo porcentaje de las simpatías por opciones atrevidas o revolucionarias siempre dejan de ir a votar llegado el momento.
Obama es cambio y no control, es negro y no blanco, es bueno por conocer y no malo conocido…
No ganará por mucho que el periodismo español no pare de jalearlo. ¿O ya nadie se acuerda de Kerry?
Y si me equivoco y gana, entonces hablaremos de lo nada que van a cambiar las cosas en USA y en el mundo (ni falta que hace), esté uno u otro.

viernes, 24 de octubre de 2008

Una recomendación nada recomendable


Hace tiempo que lo conozco y que lo leo, pero como últimamente lo he redescubierto, voy a copiar un episodio al azar del libro “Historias del Savoy” de José Luís Alvite. Juzguen ustedes mismos:

“Cada vez que se incorpora al Savoy una corista nueva, Ernie le ofrece una sencilla recepción, la invita a cenar a su mesa y le hace unas cuantas precisiones. Se trata de puntualizar la filosofía del trabajo. Les dice: «No cometas el error de querer dejar tu huella desde el primer día. A los tipos que vienen por aquí lo que les interesa de tu pie no es la huella, nena, sino el zapato. Y en cuanto a tu aspecto, métete en la cabeza que no estás aquí para vender Biblias sino para impresionar al público.
Te quiero decir que conserves tus lunares, si los tienes, y no te obsesiones con el dermatólogo. Pertenecemos a un mundo en el que un lunar todavía no es una patología». A muchos les parecerá un criterio machista pero las cosas hay que verlas en su ambiente natural. Al público del Savoy lo que le interesa de las coristas no es su cociente intelectual sino la carnalidad de su peinado. A veces las coristas tienen un momento de ternura y de ensimismamiento y les da por escribir. La pobre Terry Shelton lo hacía a menudo aprovechando los descansos. Ernie Loquasto se quedaba mirándola y me decía: «En esto precisamente consiste la magia de la carnalidad y del espectáculo». Ernie se refería al instante en el que, en el punto más hondo de su abstracción, la pobre Terry subrayaba su Biblia con el lápiz de labios.
Esa mezcla de pensamiento y perfidia surge a menudo en las literarias mujeres de Jardiel, que nos retrata a sus venéreas hembras envueltas en un halo de obstetricia y heliotropo. Y así era también aquella Polina Suslova que arrastró a Dostoievski por los casinos de Europa llenándolo del inefable gozo de la flaqueza. Muchos grandes hombres sucumbieron encantados a esa extraña pócima tan femenina que se fabrica mezclando adecuadamente la poesía y la mercería, la felación y el Ave María. Chopin disfrutó con la misma angustia.
Un piano no está completo si en su cola no se pudre el alma de una mujer capciosa, una de esas sofisticadas mujeres a las que el palco de la ópera les sienta como un biombo.”


Quiero hacer notar que esta es la tónica general de todo el libro, el nivel no decae absolutamente nada en ninguna página. Es un talento fuera de serie, lejos del alcance del resto de mortales. Al final va a ser que sí hay algo inmortal entre los escritores de los últimos 50 años de este maldito planeta.

jueves, 23 de octubre de 2008

El dulce sabor de la crisis


Me encantan las crisis, quizá porque seguramente no he sufrido ninguna en mis carnes, pero es de lo mejor que puede pasar en una sociedad (siempre que la crisis sea temporal, y no argentina).
Es una catarsis necesaria, de renovación, de depuración, no sólo económica, sino (y ahí está el quid de la cuestión) social y moral.
La gente en tiempos duros se empieza a dar cuenta de las cosas que son realmente importantes, va alcanzando un criterio razonable en cuanto a lo que merece la pena y lo que no. Así, de repente, empiezan a quebrar como palillos todos esos negocios repulsivos, comercios infames y tiendas absurdas que en vez de “La Boutique de la Abuela” deberían llamarse “Chuminadas de la Prima”.
Me estoy refiriendo a las tiendas de mil jabones de colores y sabores, a los bazares de cosas modernas más falsas que sus dueños y que imitan trastos antiguos y sucios, a los restaurantes con veleidades que cobran por el alquiler del plato y los cubiertos más que por el alpiste aderezado que sirven, a las boutiques de chocolates que hacen cestitas de filigranas sacadas de una pesadilla de Candy Candy, a las tiendas de moda y complementos que venden brillos de bisutería a precio de metal del bueno…
Todo ese elenco de negocios de pacotilla, de vendedores de humo, de absurdeces sin sentido, van a irse a pique uno tras otro, como fichas de dominó, con las hojas del otoño, al primer soplo del viento purificador del invierno de la crisis.
Porque hasta los consumidores más idiotas, ante la escasez se vuelven más listos, más clarividentes, y ya no tienen tiempo ni dinero (gracias a Dios) para gastarlo en las chorradas de ayer.
Me alegro, mucho. Que venga la ruina y que venga pronto, quiero ver como la crisis devora la carroña de tanto profesional de la frivolidad.

jueves, 2 de octubre de 2008

Contra-patrocinios...


La publicidad tiene una revolución pendiente, y son los consumidores los que tienen que iniciarla. Aunque sea por divertirse, porque puede tener efectos espectaculares en los anuncios y se abrirían campos y caminos mucho más interesantes y atractivos.
Se trata de reaccionar en ambos sentidos ante un patrocinio, no sólo positivamente (como sucede ahora). Me explico: Si, por ejemplo, el Banco Santander patrocina a Hamilton y Hamilton me cae mal, me largo del Banco Santander.
Más ejemplos: Si soy antibarcelonista y el Barça lleva UNICEF en las camisetas, entonces apoyaré a cualquier organización humanitaria menos a UNICEF.
Si odio que corten las películas en la tele, jamás compraré nada que se anuncie en el medio de una película. Igual con el fúbol o la F1.
De esa manera, las marcas escogerían mucho más a quienes patrocinan, habría guerra de verdad entre las marcas cuando la hubiera entre patrocinados, las posicionaría mucho más (tendrían que mojarse) y no podrían patrocinar enemigos mortales (sería un chaqueteo inaceptable).
Así marcas como Adidas, por ejemplo, tendrían que apostar a una sola carta a la hora de vestir selecciones o equipos en la liga...
Y, no hace falta ni decirlo, la sociedad en general se beneficiaría de una publicidad más inteligente y estratégicamente pensada, de una mayor responsabilidad por parte de las marcas y de tener la última palabra gracias a actitudes que premian o castigan en el mercado.
Como todo lo que se me ocurre, nunca pasará ¿no?