martes, 2 de diciembre de 2008

El insulto: frecuencia y efectividad


El ser humano (sobre todo la subespecie carpetovetónica) utiliza las variantes ofensivas del lenguaje con mucha frecuencia, y es por ello que los insultos de siempre van perdiendo su, antaño incuestionable, esplendorosa sonoridad, efectividad, fuerza, intensidad, sentido...
Realmente, estamos matando la puta gallina de los jodidos huevos de oro.
Pero sin embargo, es de justicia reconocer que es complicado, difícil y doloroso contenerlos, y frenar la lengua cuando está a punto de soltarse sin ataduras en una salvaje libertad aniquiladora del estrés y los malos humores.
Cuanto más, cuando estamos rodeados de la mierda de congéneres que tenemos, en una sociedad que reprime los instintos violentos y en un sistema que tiene demonizada la legítima defensa del exterminio de los incapaces.
Así pues, siendo el insulto frecuente algo tan beneficioso, necesario y urgente de mantener, voy a dar un par de recetas para poder seguir insultando con tanta o más periodicidad y, a la vez, rehabilitarlos para evitar esa pérdida de efectividad.
Una es sobradamente conocida: recuperar los viejos insultos del colegio, los de niño, esos que suenan ñoños pero que con la entonación adecuada y escupidos seriamente por un adulto de quien no se esperan, de repente, vuelven a cobrar todo su sentido ofensor: Payaso (de lo peor que se le puede llamar a cualquiera, comprobado), feo, tonto, baboso... Además, pasan a ser mucho más creíbles gracias a su capacidad descriptiva. O sea que hacen más daño, vaya.
La otra ya es más sofisticada. Se trata de cambiar la formulación del insulto pero manteniendo intacto su significado. Es decir, que en vez de “me cago en tu puta madre”, que ya suena casi a fórmula de documento oficial, soltar “me voy a cagar en tu madre, esa pedazo de puta”. Se consigue así un efecto enfático que, claramente, revitaliza el concepto y provoca un raciocinio del mismo en el receptor que redunda en un mayor dolor moral.
Así, manteniendo una rotación adecuada en cuanto a la variedad de los insultos y reestructurando mínimamente su formato, podemos conseguir darles un uso continuo e intensivo si es necesario, sin que con ello tengamos que lamentar la pérdida de efectividad correspondiente.
Aún podemos salvarlos, pero hay que tomárselo en serio, ¿estamos?

5 comentarios:

manuel dijo...

el ingenio siempre es bueno, pero un hijo de puta, con la suficiente entonacion y gesticulacion, digna de fernando fernan gomez, es el no va mas.estamos hablando de los clasicos, y un clasico siempre sera un clasico.
esto es como la cocina moderna, en fin como un chuleton, o un buen cochinillo, mejor que las MIERDAS del ferra adria. es decir la primera vez te pueden sorprender, pero luego ya pierden todo su esplendor.
asi que hijo de puta...contestame a esto si tienes lo que hay que tener

ana dijo...

estamos, estamos :D
me lo voy a anotar y a practicar en casa, porque luego llega el momento y siempre me quedo en blanco, y al darme la vuelta me arrepiento de haberme callado

Lindoro dijo...

Coincido plenamente con Gladius. Provocar la sorpresa en la recepción del insulto, ganar esas décimas haciendo que el receptor dude (y ver su cara de tonto) es un exito que se consigue más fácilmente con la variedad y, por supuesto, la elegancia en el improperio.
Y de vez en cuando un clásico, por qué no. Me permito añadir la variante hijoputa (joputa incluso) aspirada, sorda, profunda como pocas.
Un abrazo a todos.

Zomas Osborn dijo...

el clásico (hijo de puta, cabrón), el sutil (esa puta que es tu madre), la variante (la puta de tu madre), el directo (tu puta madre)el prestado (ieputa o güevón y si me apuras, puto), el creativo (dile a tu madre que mi perro ha cortao con ella)... podríamos seguir pero tienes toda la razón Gladius, nada como un rotundo Payaso saliendo de una voz firme y adulta.

Anónimo dijo...

Me parece muy bien pero... "no permitais que la palabra hijo de puta desaparezca de nuestras vidas, de nuestras calles, de nuestras escuelas".
http://www.youtube.com/watch?v=MXolkYmTzsQ