
El ser humano (sobre todo la subespecie carpetovetónica) utiliza las variantes ofensivas del lenguaje con mucha frecuencia, y es por ello que los insultos de siempre van perdiendo su, antaño incuestionable, esplendorosa sonoridad, efectividad, fuerza, intensidad, sentido...
Realmente, estamos matando la puta gallina de los jodidos huevos de oro.
Pero sin embargo, es de justicia reconocer que es complicado, difícil y doloroso contenerlos, y frenar la lengua cuando está a punto de soltarse sin ataduras en una salvaje libertad aniquiladora del estrés y los malos humores.
Cuanto más, cuando estamos rodeados de la mierda de congéneres que tenemos, en una sociedad que reprime los instintos violentos y en un sistema que tiene demonizada la legítima defensa del exterminio de los incapaces.
Así pues, siendo el insulto frecuente algo tan beneficioso, necesario y urgente de mantener, voy a dar un par de recetas para poder seguir insultando con tanta o más periodicidad y, a la vez, rehabilitarlos para evitar esa pérdida de efectividad.
Una es sobradamente conocida: recuperar los viejos insultos del colegio, los de niño, esos que suenan ñoños pero que con la entonación adecuada y escupidos seriamente por un adulto de quien no se esperan, de repente, vuelven a cobrar todo su sentido ofensor: Payaso (de lo peor que se le puede llamar a cualquiera, comprobado), feo, tonto, baboso... Además, pasan a ser mucho más creíbles gracias a su capacidad descriptiva. O sea que hacen más daño, vaya.
La otra ya es más sofisticada. Se trata de cambiar la formulación del insulto pero manteniendo intacto su significado. Es decir, que en vez de “me cago en tu puta madre”, que ya suena casi a fórmula de documento oficial, soltar “me voy a cagar en tu madre, esa pedazo de puta”. Se consigue así un efecto enfático que, claramente, revitaliza el concepto y provoca un raciocinio del mismo en el receptor que redunda en un mayor dolor moral.
Así, manteniendo una rotación adecuada en cuanto a la variedad de los insultos y reestructurando mínimamente su formato, podemos conseguir darles un uso continuo e intensivo si es necesario, sin que con ello tengamos que lamentar la pérdida de efectividad correspondiente.
Aún podemos salvarlos, pero hay que tomárselo en serio, ¿estamos?